martes, 28 de octubre de 2008

ROSA MARAFIOTI




EL RUEGO DE UN NIÑO



¡Diosito! La seño de Catequesis no se cansa de decirme que vos sos muy bueno y escuchás a todo el mundo, en especial a los chicos; escuchame, ¡por favor!
Dejá que me convierta en televisor por un día, sólo por un día, para que mis papás me miren con atención, para que se preocupen por mí como cuando el televisor está descompuesto y llaman al técnico. Para que mí papá me mire con el interés que mira el noticiero, o su partido de fútbol, y mi mamá esté pendiente de mí como cuando mira su telenovela preferida, o con sus amigas, los programas de chismes, y no debo molestarla.
Por favor, Diosito, convertime en televisor por un día, sólo por un día, ¡por favor!


ROSA MARAFIOTI (Calabria, Italia, 1944). Reside en la ciudad de Buenos Aires. Narradora y poeta. Ha publicado la novela “Maria en el Paraíso” (Buenos Aires, Editorial Dunken, 2005) y cuentos y poemas en antologías y periódicos locales. La han distinguido con premios y menciones. Ha sido finalista del Certamen Internacional “Jorge Luis Borges” de la REVISTA SESAM. Ha concurrido a los talleres literarios “El hilo y el laberinto”, coordinado por Agustín Romano y al de SESAM, a cargo de Ricardo Álvarez Morel. Es miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de San Martín y presidenta de la Biblioteca Pueyrredón Sur.

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LILIANA LAPADULA




ARS AMANDI, ARS MORIENDI

Mi especie, un sueño devastado y el exilio
un recuerdo, la mano de mi madre encadenada
entre las sábanas
una hendija en la pared, la visión de las miserias
del mundo
mi punto cardinal, el vértigo de la ceguera
una taza de porcelana, el beso arrojado
a las criaturas de la noche
una pasión, los ojos llameantes de Cristo
el insomnio, las palabras danzando
al borde del precipicio
lo indecible, los escombros de la ira
las huellas secas de los roedores
las cenizas, el néctar pagano.

Y el amor, el amor,
¡ah!, el amor.


LILIANA LAPADULA. Nació en San Martín, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Poeta. Guionista Nacional (I.S.E.R. en 1979), arteterapeuta, estudiante de teatro con Miguel Cavia y de Bellas Artes. Fue integrante de los talleres literarios de Marta Braier, Enrique Blanchard y Mario Morales. Fallecido este último, su “maestro de poesía” (1987), comienza a coordinar sus propios talleres de escritura. Funda “La Palabra en Movimiento”(1999). Coordina desde esa fecha los recitales de Poesía y Música homónimos.
Publicó en 1988 “Pasillo Negro de Flores Rotas” (Editorial Filofalsía).
Integró la Antología Poética del XIII Encuentro de Poetas Mujeres del mundo en el País de las Nubes (2005, México)
Su obra inédita consta de cinco libros de Poesía, uno de cuentos y una breve pieza teatral y dos monólogos.

Distinciones:
Obtuvo premios y menciones, entre ellos el de Editorial Vinciguerra, el de la Municipalidad de Vicente López y en 2007 el premio “Autor local” de la Municipalidad de General San Martín. Participó en distintos foros y congresos de Poesía Nacionales e Internacionales.

elilialap@yahoo.com.ar

GABRIEL JACIW




MANIFESTACIÓN

Sí, me manifiesto creyente en él. Lo sé porque lo vi y hasta hablé con él.
Sucedió una mañana en aquel café de la esquina de Carrillo y Mitre. Entró con su acostumbrado y proverbial saludo (creo habérselo escuchado muchas veces, aunque nadie respondiera nunca), sombrero en mano, blandiendo el bastón cual si fuese una fusta, el “toscanito” entre los dientes y con una casi imperceptible sonrisa mientras me miraba fijo.
Se sentó a mi mesa y sin que mediara ceremonia alguna, me dijo: “¿Sabés por qué te hice venir?” (yo me pregunté de qué estaría hablando). Le contesté que había llegado ahí por mérito y voluntad propia. “Te equivocás –señaló–. Vos llegaste porque yo lo decidí, porque yo asumí que así fuera”, mientras miraba distraídamente a Jorge y Adolfo, que vaya a saber lo que estaban pergeñando. No sin sorpresa ante tal absurdo le comenté sobre mi incredulidad, “Mirá –indicó–, puedo hacerte vivir en plena dictadura militar”, mientras me hacía ver como pasaban tanques destruyendo con sus orugas la ya derruida calle sanmartinense. “O puedo trasladarte a plena época de la Segunda Guerra…”, en tanto me mostraba como Churchill le pedía al barman el tercer whisky.
Mis ojos no podían dar crédito a lo que veían, era temprano y mi cerebro no estaba más intoxicado que de costumbre; es decir, la nicotina y cafeína de esas horas junto al smog producido por el tropel mecanizado e irascible de la mañana. No, no había consumido nada raro, ni siquiera de esos hongos que, como se anda diciendo ahora, consumían los antiguos profetas. No, no, lejos estaba de tal costumbre chamánica.
“…Puedo hacerte hombre o mujer”, siguió, mientras me hacía sentir cosas acordes al género que nombraba. “Puedo hacerte adolescente, o viejo”. Y así fue que al cabo sentí en primer término una oleada hormonal y luego los más terribles dolores de huesos. “¿Me creés?”, me preguntó. “¿Querés mas pruebas?”, inquirió, al tiempo que saludaba con un gesto a Edgard que debatía con fiereza con Arthur sobre no sé qué métodos aplicados.Ante las evidencias no me quedó otro remedio que tener que admitir la veracidad de sus dichos, “Sí –le dije–, creo en vos, ¿pero tengo que postrarme y pedir perdón por no haberlo hecho en toda mi vida?” “No –me contestó–, sólo para esto te hice venir, para demostrarte mi existencia, no para que te postraras ni mostrases arrepentimiento; solo para sacarte de la confusión”. “Pero si sos Dios, ¿no debería adorarte?” –le pregunté. “¿Ves a lo que me refiero cuando digo confusión?”, me recriminó al tiempo que se paraba y se montaba en una alfombra mágica. Y agregó: “No soy Dios, soy tu autor”.



GABRIEL JACIW (Florida, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1960). Técnico dental, especializado en ortodoncia. Ex dictante de cursos sobre la confección de aparatología correctiva y aditamentos en la Sociedad de Protesistas Dentales – Zona Oeste, colaborador en la redacción de la reglamentación estatuaria, ex columnista de opinión de la revista del grupo “Jerarquía” de esa misma institución. Asistente al Taller Literario Abierto SESAM, coordinado por Agustín Romano e Isabel Llorca. Miembro de la Comisión Directiva de la SESAM y Secretario de su web. Asistió al seminario “El relato y su monitoreo” dictado por Agustín Romano.


ADELA HLOZEK




BALANCE


Veo…
Veo mucho más de lo que
veo.

Digo…
Digo mucho más de lo que
Digo.

Oigo…
Oigo mucho más de lo que
escucho.

Siento…
Siento mucho más de lo que
sangro.

Puedo…
Ay, mucho menos de lo que
Quiero.

Pido…
De lo necesario siempre menos.

Pero…
De los bandos de los misterios
por lejos pertenezco al primero
Y aunque muchas veces pierdo
batallas que no fueron libradas.


Gano…
Gano mucho más que lo que gano
al fluir con la armonía total
del universo.


ADELA HLOZEK (Nació en Buenos Aires, Argentina). Poeta, porteña pero ballesterense por adopción. Trabajadora social. Miembro de la Comisión Revisora de Cuentas de la SESAM. Cuando la vida le dio permiso retomó un vicio de juventud y ganó el Primer Premio de Poesía en los Juegos Florales de Villa Lynch (1996). Desde entonces sigue en acción. Asiste al Taller Literario Abierto SESAM. Participó en numerosas antologías, entre ellas “Ballester, sus poetas y Los Poetas del Encuentro” (1997).


licadelahlozek@hotmail.com

JAIME GELFMAN





Poemas del libro
DERIVADO DEL DÍA

El azar quijotea absurdos,
las calles ignoran los vientos
y el recuerdo
guarda sus brotes.
No sé si los sueños
odian o aman a sus víctimas.
La verdad se dibuja
donde duelen los fantasmas.

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Fue un saludo.
No más que un geométrico espacio
en el anillo del aire.
El sol dejó de numerar los días,
de atender el código de sus movimientos,
de alojar la flor limítrofe
en el perímetro de los milagros.
Ahora, el balance registra
la gravedad azul
de la quietud perpetua.

¿Quién dispondrá de un ecuador
para deshilar los cabellos,
del fuego necesario
para cicatrizar el horizonte?


JAIME GELFMAN (Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina, 1936). Ha vivido doce años en Gral. San Martín, Provincia de Buenos Aires, Argentina, y ahora reside en la Provincia de Mendoza. Poeta y ensayista. Compositor y ejecutante de tangos. Químico farmacéutico. Socio honorario de la SESAM. Ha publicado los libros de poemas “El viejo horizonte” (1986), “De piel y piedra” (1996), “Derivado del día” (2002) y los ensayos “El tango que vivimos” (2006) y “El tango en Mendoza” (2008). Este último –escrito en colaboración con su mujer, Ana Gelfman–, declarado de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de Mendoza y de Interés Cultural por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Mendoza. En los fundamentos de la resolución, la Cámara advierte "este trabajo se convertirá en un valioso material de estudio y análisis para toda la comunidad, y en especial para nuestras generaciones venideras, ya que es importante que se conozca y se difunda lo que culturalmente se gesta y produce en nuestra provincia".

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Distinciones:
• Figura en la Guía de Poetas Argentinos publicada por la Universidad Nacional de Córdoba.
• Participó en antologías, encuentros de escritores. Colaboró en numerosos diarios y revistas del país.
• Obtuvo el primer puesto como músico en el certamen organizado por la UBA en 1973.


anatitogelf@hotmail.com

SILVIA FERRANTE




AMANSACRECIDAS

El hombre rema con el afán acompasado y hostil de un joven veterano. Sabe lo que hace.
Venencia Juárez se asoma y curiosea el lomo del río. El viento que había estado soplando durante toda la tarde revolea la cortina de flores descoloridas. Cierra la puerta. No anda lejos, piensa y se persigna. Parece animal dormido pero... viento del Sudeste, lluvia como peste, sentencia. Arrastra las piernas varicosas hasta el altarcito que tiene junto al catre y enciende la vela ya usada. No pido nada porque no me falta nada, sólo el asuntito del río, por lo demás, lo que no tengo será porque no lo necesito. Así es que, como siempre, agradecida.
La ráfaga insiste por la ventana y apaga la llama. Con este calor, es un puro infierno, pero mientras yo esté aquí, no se vendrá. Vuelve a encender la vela y a persignarse. Aquí estoy pues. Se sienta en la cama y da por terminado el rezo.
Venencia tiene aptitud, entre otras muchas cosas, para cortar el empacho y el mal de ojo, las gusanadas de las bestias y las penas del alma. Pero el motivo por el que los vecinos de las islas la respetan es su audacia para amansar las crecidas. Aunque para muchos sea sólo cuestión de casualidad.
Como su abuela y otras mujeres de la familia, ha heredado, según se dice, el don de las desventuras. A los hombres se los lleva el río, le había advertido la vieja, es astuto y avariento. Siempre encuentra la manera. A nosotras nos deja para gastarnos intentando domarlo. Bien sabía ella que a los hombres los trae el río, como a los camalotes, los amarra a la orilla por un tiempo y los arrastra otra vez, a donde quiera. También ha aprendido que rancho sin hombre sólo sabe a quebrantos y penurias. Seguramente por eso, y no por otra razón, se había marchado su madre mucho antes de que Venencia supiera de parentescos. La había arrastrado el río..., como a los hombres.... o detrás de uno.
En el esfuerzo por llegar a tiempo se tensan los brazos del que rema, las manos empuñan con furia las palas. La respiración se le entrecorta en el remolino de algún recodo. Pero avanza, lo aguijonean los reiterados fracasos.
Los primeros gotones que rebotan contra las chapas del techo desprenden una lluvia de polvo que flota dentro de la pieza por un largo minuto. Venencia levanta los ojos como si pudiera ver más allá del techado. De reojo echa una mirada a las imágenes del altarcito, casi un reproche. Apoya las manos sobre los muslos para darse impulso y se levanta resoplando. El destello del relámpago entra por las rendijas de la puerta y la ventana antes de que Venencia llegue a encender la lámpara. La oscuridad gana espacio. Jesús, María y José nos protejan, que no anda lejos.
Ahora sabe que es noche de estar en vela atendiendo al murmullo de la lluvia mezclado con el del río, y esperar. Esperar hasta que se acalle o crezca como rugido. Es que si el río baja enredado y remolón, es seguro que se prepara para remontarle arrastrando casas, cultivos, hombres, bestias, esperanzas y por qué no, hasta penas y alegrías.
Empuja con cada brazada contra la corriente hacia arriba desde la desembocadura. El hombre sabe que lo esperan. Debe llegar antes, antes.
Venencia comienza con los preparativos. Saca de una lata un puñado de hojitas de llantén y sauce, flores de caña de ámbar y érica desecadas y las tira entre las brasas del fogón. Atiza el fuego con un palo. Arroja un chorro de agua de río dentro del caldero que reverbera e inunda la casilla en una espiral húmeda. Le agrega resaca de la maciega y tres gotas de un aceite de totora oscuro y maloliente. Después, exhausta, se estira sobre el catre. Viento, lluvia, olor, humedad, pesadez... zozobra.
El hombre brega con la certeza de que esta vez sí, llegará a tiempo...
Cuando el caldero comienza a hervir y el humo enrarecido se apelmaza contra el techo y la lámpara se opaca de hollín. Venencia para la oreja. Alguien amarró a la orilla, reflexiona mientras se levanta con dificultad tratando de llegar a la puerta. No había terminado de pensar que lo que había pensado era una locura, cuando por el senderito impreciso ve venir a un encapotado chapaleando barro y agua. Un rayo cruza zumbando el aire desde el vientre del río. Qué noche m'hijo para andar por ahí, ¿lo conozco?, pregunta la vieja aguzando los ojitos que se le esconden bajo las cejas espesas. Cómo no, doña, de toda la vida, le responde el hombre. Está bien, ahora me cuenta, pase nomás.
Pero no lo conoce, o lo que más la preocupa, no lo reconoce aunque cree saber con quién trata, y muy bien, porque de tanto oler aflicciones, Venencia ha aprendido a distinguir a primera vista la índole de la gente. No necesita mucho más para presagiar la calaña de este hombre que no le cae nada bien.
Siéntese nomás, lo invita mientras ocupa su lugar en el catre. El rancho es pobre pero... No se preocupe, es lo que menos me importa. El hombre de tez amarronada se sienta frente a ella en una sillita baja de mimbre tejido. En sus ojos verdosos se funden la espesura de la selva, el misterio de los recodos, el rumor animal de la jungla, el hechizo de la ciénaga. La mira fijo, casi desafiándola. No vas a poder Venencia. Esta vez no. Más que un presentimiento, es una voz acicateándole el ánimo.
Ya he sufrido todo lo que es posible sufrir en esta vida, dice Venencia y un retortijón en el centro del pecho la inclina hacia adelante, usted no me asusta. Los ojos del extraño se amansan cuando le dice, creo que sí, y mucho más de lo que los dos creíamos... A qué ha venido pues. Usted lo sabe mejor que yo doña, esta vez llegué justo a tiempo ¿no es cierto? No, no es cierto, ya lo verá. Al tratar de incorporarse Venencia siente las rodillas como de arcilla fresca. Se levanta con una fuerza que no sabe de dónde le viene, mientras de reojo vigila al hombre. Pero se sorprende porque él la observa inmóvil, sin detenerla. La aterran los ojos ociosos, la sonrisa indiferente que deja entrever un par de dientes blancos y densos, la voz sosegada. Ya ha sido suficiente vieja, usted lo dijo, demasiados años, basta ya, descanse de una vez, ¿no ve que no puede seguir deteniéndome?
Sin embargo, extremando sus fuerzas, la vieja toma el caldero. El asa ardiente mortifica la mano curtida. Trata de levantarlo pero pesa más que nunca. Entonces lo arrastra hasta la puerta, la abre y la lluvia lenta le golpea la cara, se le cuela por el cuello, pero no se detiene.
El desconocido la sigue con la mirada, sin moverse. Serpenteando y a gatas la mujer avanza por el sendero sin sendero. Ya está a un paso de la ribera, ahí nomás, estira el brazo, se aferra a los juncos... Pero la bestia ruge, de un salto se le adelanta y se monta al lomo del río. La vieja no consigue llegar a la orilla, ni verter la calma de su caldero en la corriente turbulenta, ni aplacar la crecida porque antes de que el río desborde, Venencia estará muerta.



SILVIA FERRANTE (Villa Ballester, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1949). Narradora y poeta. Periodista. Ha publicado el libro de cuentos “Conjeturas” (Editorial Botella al Mar, 2003). Es columnista de “La Palabra”, periódico quincenal del Partido de San Martín, y colaboradora de la revista “Ser en la Cultura”. Ha publicado gran número de cuentos cortos en revistas literarias y antologías.

Distinciones obtenidas por diversas obras:
• Primer Premio, Concurso de Narrativa y Poesía, UBA, 2001.
• Primer Premio, Revista Plagio, Concurso Nacional, 1997.
• Primer Premio, Revista Las Letras, Concurso Internacional, 1997.
• Mención de Honor Concurso Nacional de Poesía y Cuento, SADE, 2001.
• Premiada por el Rotary Club de Rojas, 2000.


zoppi@ciudad.com.ar


ERNESTO FASCETTO



SONETO

Tuve un clavel, un sueño, y una rosa,
dos trompos y un balero complaciente
bajo el sol o una luna refulgente,
y también una linda mariposa.
Tuve fe, no sé en qué, pero fue hermosa,
tarde de lluvias y de sol ardiente.
Tuve un tiempo que siempre fue presente
sin mañanas ni ayeres, poca cosa.
Poca cosas poblaron mi pobreza;
de años de pobreza, de existir.
¡Cuántas cosas perdí con la riqueza
de saberes que abruman mi vivir!
Soy muy pobre con toda esa ganancia
que a mi rosa privó de su fragancia.


ERNESTO FASCETTO (Buenos Aires, 1926-2006). Poeta y narrador. Veterinario. Fue miembro de la Comisión Directiva de la Asociación Cultural, Social y Biblioteca Popular “Helena Larroque de Roffo”. Publicó sus primeros cuentos en forma de folletín con el seudónimo Uno de la calle, en el diario La voz de Lobería. Era socio activo en la SESAM.

Obras publicadas:
“Desde el ventanal y veinte sonetos entre dos cuentos”. Editorial Artes Gráficas El Cacique, 2002.
“Camino a la soledad”. Novela. Editorial Artes Gráficas El Cacique, 1999.
“Hojas del paraíso”. Cuentos. Grupo Editor Latinoamericano. Colecc. Escritura de Hoy, 1995.
"Sabiendo y sin saber por qué”. Poemario. Editorial Stilcograf, 1975.

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